GUISANTE ROJO

Dos espacios conectados a través de un reflejo materializado sobre una gran vinoteca. Burdeos, forjado abovedado, y mucho vino. 

Este proyecto de interiorismo parte de un gesto forzado por la normativa: la unión entre un local existente y el bajo colindante no puede resolverse derribando el muro que los separa, sino únicamente a través de una pequeña apertura. Esa imposibilidad constructiva se convierte, sin embargo, en oportunidad narrativa: el muro, infranqueable en su mayoría, se transforma en elemento central del proyecto, en umbral físico y simbólico que organiza, divide y conecta. 

Lejos de ocultar la disociación entre ambos espacios, la propuesta la amplifica y la integra mediante una serie de estrategias visuales. El uso de espejos dispuestos estratégicamente genera una ilusión de continuidad, desdibujando los límites perceptivos y extendiendo ambos ambientes más allá de sus propios contornos. Esta sensación ambigua —real e irreal al mismo tiempo— refuerza la experiencia del paso entre los dos mundos. 

El muro, engrosado en su sección central, alberga una gran vinoteca que articula el vínculo entre ambas salas. Este volumen funcional determina también la elección cromática del conjunto: el burdeos profundo, tomado como referencia del vino, reviste las paredes de ambos espacios, pero de forma invertida, como si uno fuera el negativo del otro. La duplicación cromática, aplicada con precisión a paramentos opuestos, genera un juego especular que remite a un universo paralelo, donde lo sólido y lo proyectado se funden. 

El pavimento verde actúa como otro hilo conductor. Derivado del azulejo que recubre la barra original del primer local, este color se extiende sobre el suelo y conecta visualmente los dos espacios, a la vez que aporta una vibración sutil que contrasta con la intensidad del burdeos. 

El nuevo local se concibe como un reflejo del existente, reinterpretando algunos de sus elementos clave. Entre ellos, destaca el tratamiento del techo: la bóveda del local original se traduce aquí en una gran lámpara suspendida, diseñada a medida por el estudio. Esta pieza escultórica no solo aporta carácter y escala al nuevo espacio, sino que remite a la tradición local, fusionando arquitectura e iluminación en una única forma. 

Más que una simple ampliación, el proyecto construye un diálogo entre dos espacios que se reconocen, se espejan y se reinventan el uno al otro. Un ejercicio de límites, reflejos y continuidad, donde la restricción inicial se convierte en argumento central del lenguaje espacial. 

GUISANTE ROJO

Dos espacios conectados a través de un reflejo materializado sobre una gran vinoteca. Burdeos, forjado abovedado, y mucho vino. 

Este proyecto de interiorismo parte de un gesto forzado por la normativa: la unión entre un local existente y el bajo colindante no puede resolverse derribando el muro que los separa, sino únicamente a través de una pequeña apertura. Esa imposibilidad constructiva se convierte, sin embargo, en oportunidad narrativa: el muro, infranqueable en su mayoría, se transforma en elemento central del proyecto, en umbral físico y simbólico que organiza, divide y conecta. 

Lejos de ocultar la disociación entre ambos espacios, la propuesta la amplifica y la integra mediante una serie de estrategias visuales. El uso de espejos dispuestos estratégicamente genera una ilusión de continuidad, desdibujando los límites perceptivos y extendiendo ambos ambientes más allá de sus propios contornos. Esta sensación ambigua —real e irreal al mismo tiempo— refuerza la experiencia del paso entre los dos mundos. 

El muro, engrosado en su sección central, alberga una gran vinoteca que articula el vínculo entre ambas salas. Este volumen funcional determina también la elección cromática del conjunto: el burdeos profundo, tomado como referencia del vino, reviste las paredes de ambos espacios, pero de forma invertida, como si uno fuera el negativo del otro. La duplicación cromática, aplicada con precisión a paramentos opuestos, genera un juego especular que remite a un universo paralelo, donde lo sólido y lo proyectado se funden. 

El pavimento verde actúa como otro hilo conductor. Derivado del azulejo que recubre la barra original del primer local, este color se extiende sobre el suelo y conecta visualmente los dos espacios, a la vez que aporta una vibración sutil que contrasta con la intensidad del burdeos. 

El nuevo local se concibe como un reflejo del existente, reinterpretando algunos de sus elementos clave. Entre ellos, destaca el tratamiento del techo: la bóveda del local original se traduce aquí en una gran lámpara suspendida, diseñada a medida por el estudio. Esta pieza escultórica no solo aporta carácter y escala al nuevo espacio, sino que remite a la tradición local, fusionando arquitectura e iluminación en una única forma. 

Más que una simple ampliación, el proyecto construye un diálogo entre dos espacios que se reconocen, se espejan y se reinventan el uno al otro. Un ejercicio de límites, reflejos y continuidad, donde la restricción inicial se convierte en argumento central del lenguaje espacial.